Paternidad
Voy a misa y veo la estatua de José. Sostiene al niño Jesús. Se hablan mil maravillas de él. Santo patrono de medio planeta. Paso de la súplica al enojo en segundos.
No escribió nada. De él escribieron poco. Y el resto de nosotros: mamando.
Y viene mi diálogo —mi berrinche— con él:
“¿Entonces lo hiciste todo bien?
¿No perdiste la paciencia?
¿No te dio cólera?
¿No te asustaste hasta las lágrimas?
¿No quisiste salir corriendo, incluso por las malas?
Mae, ¿qué te costaba perder los estribos?
¿Mostrarte de alguna manera humano?
Sí, seguí con María por Jesús, pero… ¿tuviste un matrimonio de mierda?
O decime lo contrario: que todo estuvo bien y vivieron felices para siempre.
Entonces me cambio de nombre. No porque piense que sos malo, sino porque sos demasiado bueno, y no quisiera que me compararan ni siquiera por eso.”
Yo quiero el berrinche de los santos.
La pérdida de control de sus sentimientos y pensamientos.
No tanto para saber cómo salieron de ahí, sino para sentir que sintieron como nosotros.
Los “santos que orinan”, dice mi abuelo.
Lejos quedaron los años en que a este José le impusieron un estándar ridículo de santidad, demasiado ligado a la perfección como para ser humano.
Lejos quedaron también los años en que le pedía a Dios esa santidad o esa perfección.
No voy a misa a dar gracias.
Voy a misa medio muerto, arrastrándome.
La humildad es redundante.
Voy a decirle al Crucificado que me cago en los evangelistas por no haber puesto algo humano de mi tocayo.
Voy a hacerle berrinche a mi Papá por seguir acá, y a la vez pedirle que no me lleve, porque tengo que seguir aquí, disfrutando de esta intoxicante dinámica de paternidad que se inventó.
Escribo todo esto porque me niego a caer en la ironía de que de este José solo se piense que “crió al niño Jesús” y después murió.
Este José cría a los hijos de Dios atravesando una montaña de dolor, empujado por el amor.
Donde poco es fácil y todo vale la pena.
Donde la duda es pan nuestro de cada día:
¿lo estaré haciendo bien?
¿seré suficiente?
Me niego a que este “evangelio de redes sociales” retrate lo hermoso de las montañas sin lo escabroso de sus abismos.
Gracias, José, por ser ejemplo de santidad.
Pero para la próxima, evangelistas: ¿un poco más de humanidad?
Cuéntenme cuándo veía a otras mujeres y pensaba en la vida que no vivió.
Cuéntenme que no amaba a María al inicio.
Cuéntenme lo que sintió cuando decidió no tener hijos biológicos.
Cuéntenme lo que sintió siendo humano.
Y después de contarme todo eso, enamórenme de la decisión que tomaste.
Contá lo bien que se siente sostener a un niño en tus brazos y saber que, entre todos nosotros, te eligieron a vos para ser su guardián.
Contá que nunca te sentiste a la altura de la misión, pero que la risa de Jesús te elevaba hasta el cielo mismo.
Contá lo poco que te importaba que sus facciones fueran distintas a las tuyas, porque veías tu sonrisa reflejada en la suya.
Contá cómo caminabas con orgullo sosteniendo su mano, y todo el mundo te veía como su papá.
Contá lo orgulloso que te sentiste cuando afloró su carácter y escuchabas tus propias palabras en su boca.
Contá la complicidad silenciosa cuando se veían haciendo algo que te gustaba a vos, pero que hiciste que le gustara también a Él.
Tal vez contanos que, en sueños, Dios te contó lo que iba a pasarle a su Hijo.
Contanos cómo, por un segundo, el humano confrontó al Dios de los ejércitos con una furia y una rabia jamás vistas.
Contanos que Satanás mismo no tuvo el valor de presenciar esa confrontación.
Contanos que dijiste “hágase tu voluntad”, pero que en tu corazón sabías que hubieras arrasado a todos los romanos del Gólgota antes de ver a tu hijo sufrir así.
Contanos que por eso te fuiste antes.
Porque no podías ser tan obediente como María en esas circunstancias.
Contanos que te fuiste al cielo a encontrarte con el Papá de tu Hijo.
Contanos que se abrazaron, compartiendo una singularidad.
